Estas en esa etapa en donde los adolescentes te dicen señora y los viejitos te dicen niña?

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¿Cómo es, cómo fue y cómo será tener 30 años? ¿Tiene que ver con alcanzar el éxito profesional o con el equilibrio sentimental? ¿Realizarse como madre o asumir nuevos desafíos laborales? Las mujeres de todas las edades pueden responder estas preguntas… las que tienen 30, las que ya pasaron esa edad y las que imaginan lo que vendrá.

Es cierto que las épocas van cambiando y entonces cómo vivir cada edad también se ve diferente. Las que ya tenemos unos años recordamos cómo a los 12 años todavía jugábamos con muñecas, mientras que las niñas de 12 años hoy interactúan en redes sociales e incluso se maquillan.

Con las mujeres de 30 años pasa lo mismo. En los años ’50 o ’60, estas mujeres ya estaban casadas y tenían uno, dos o tres hijos, en cambio hoy, algunas prefieren desarrollar una vida profesional, hacer carrera, viajar, renunciar a tener una familia propia o las más audaces, intentan hacer todo eso al mismo tiempo. ¡Y no les va nada mal! No son pocas las mujeres que vemos trabajando y llevando adelante una casa, la crianza de los hijos y a menudo lo hacen solas.

Ser una mujer de 30 años es un poco desconcertante. No somos ni muy jóvenes ni de la tercera edad, pero parece ser un período que hoy en día se ha transformado en un momento de calma para las mujeres porque no tienen 20 que cuando nos planteamos el futuro ni tampoco 40, una edad en la que ya nos consideramos absolutamente independientes y autónomas.

Tanto los 20 como los 40, son edades conocidas por sus crisis existenciales: la crisis de los 20 y la crisis de los 40.

A los 30 años las mujeres intentamos encontrar el equilibrio en todo. Por momentos, es como que no sabemos dónde ubicarnos, pero ya tenemos edad suficiente para tomar decisiones bien pensadas porque sabemos que todo lo que decidamos a esta edad, tendrá incidencia directa en nuestro futuro.

Las mujeres a los 30 nos volvemos más selectivas, más exigentes con nosotras y con el entorno, más renuentes a aceptar todo sin discutir, más dispuestas a dejar de lado “el qué dirán” y más preparadas para afrontar los imprevistos.

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